lunes, 25 de diciembre de 2017




La Feliz. Novela de Camilo Sánchez

Fuegos de artificio


Hay un contexto: la década del noventa. Y cómo el autor parece señalar, la década no duró 10 años. Nació ese verano del 88, o quizás antes, quizás la muerte del Plan Austral dio vida a la década que se extendió hasta el 2001 y eso da para decir Poca cosa, 13 años para una década que también terminaba con un pasado, con la época donde los papeles para la salida de la cancha se cortaban de los diarios, donde te dolían los dedos para llenar una bolsa de arpillera, donde Clemente era una resistencia contra los papeles desordenados que la dictadura quería normalizar.

Hay una sensación, que la novela gira en torno a una pregunta: qué sucedió en esas noches del verano del 88 en la que perdimos la inocencia, en que todo se fue a la mierda. Pero también gira en torno a la nostalgia, y sobre todo la tristeza. La tristeza del capocómico, el Claun que quería cambiar de aire, la tristeza del boxeador, el Campeón que ya no estaba en la gloria, retirado, vencido por los años, y la tristeza del galán de moda, el Langa que unió las tragedias, el mal necesario.

Hay unas cuántas definiciones hermosas en la novela. Está el origen de las expresiones: pipí cucú y cartonero, una que desapareció, otra que marcó una condición social. Hay una definición del cómico para las vacaciones: “Cuando descansas de vos, das un paso atrás y aparece la belleza del mundo” Vacaciones es ir al lugar donde uno descanse de sí mismo, algo relativamente sencillo para hombres comunes e imposible para famosos. Otra: En la vida hay que tener tres P: parque, parrilla y pileta. Una definición del cómico sobre el humor es sacar del tedio a una caterva de boludos. Otra: lo que aplaude el público es el coraje para inventar en el vacío, algo que puede aplicarse al campeón, a su soledad en el ring, porque el campeón también tiraba buenas frases aunque no había pasado de tercer grado y su mayor contacto con los libros fue arreglándolos en la cárcel, quizás el secreto estaba en que los periodistas siempre se las ingeniaron para arreglarle la jerga, como cuando dijo que con cada piña metía 10 vacas más en el campo, o la vez que dijo que Venecia le hacía recordar al cementerio de la Chacharita, pero inundado (cementerio de agua imaginaria a donde irían a parar el Claun después del asfalto y el Facha después de la fractura de cadera y todas las complicaciones descriptas en el manual de medicina) como sucede en los lugares deseados: nadie se siente exactamente reconocido.

Hay un narrador. Un gran narrador, poeta él. Que parece no tener una obsesión por el reconocimiento, eso que obsesiona a los personajes famosos. El narrador hace decir al cómico, a ese rufián melancólico que entraba en combustión ante la mirada del público “Todos mis personajes se parecen. Sobreviven como yo, condenados al reconocimiento del otro”. Lo mismo puede decirse del campeón, de sus peleas, mezquinas, cuidadas, se parecían todas. No hay lugar para dos corajes en el ring, dijo el campeón, pero sí parece haberlos para esta novela. Y qué te puedo contar de El langa que no sepas, es quizás una frase que el narrador extiende al resto de la novela, donde todos los protagonistas son conocidos, pero hay muchas cosas que se pueden contar y que ignoramos, y hay otras, la gran mayoría, y con esto no descubro nada, que importa cómo se cuenten. Y en el cómo está el gran logro de la novela, el narrador, que va en tercera pero que por momentos es la voz de sus protagonistas, que se la juega con frases que valen la pena, que es, quizás, el gran acierto de la novela.


Hay un desfile de personajes: Pepe Parada, Enrique de Rosas, Alan Delon, Tito Lecture, Margarita Di tulio, Uby Sacco, Fidel Pintos, Catulo Castillo, Miguel Briante, Ismael Alcalde, Oscar Znidar, Claudio Levrino. Y hay novelas dentro de la novela. Hay una imagen de eterno retorno: cada vez que un turista mira hacia el balcón del piso once, el Claun vuelve a caer: ese es su infierno, su hígado de Prometeo. Hay, para este cierre, una definición, quizás, de todos nosotros, la máxima universal con mayúsculas: somos fuegos de artificio que se dispararon antes de que llegue la noche.




Hay identificación: Es imposible no situarse en ese contexto. Decir “Yo tenía tantos año" o "Yo no había nacido”. Este segundo no es mi caso, porque ya había nacido, doy un ejemplo: la novela está el Centro de Residentes Marplatenses  y lo recuerdo particularmente por los pasajes a La Plata al final de esa década. Recuerdo, también desde la identificación, ese verano del 88 donde las familias levantaban una pared, colgaban una cortina y de un lado se refugiaban dejándoles todo a los turistas: el mantel, la cuchara, el baño, la cama. Mi tío alquiló una casa cerca del final de la avenida Paso, cerca de Dorrego, o 20 de septiembre, y todavía me acuerdo de los dueños de casa y sus hijos, hacinados en el garaje, o parados en la puerta de calle al calor de la noche.


domingo, 9 de abril de 2017




Black Sails es una serie de piratas. Es volver a la infancia, de una forma refinada, sin ese prisma distorsionador que es la nostalgia, y consecuentes de vivir en un mundo que ha cambiado. Piratas para adultos, con un guiño para el niño que fuimos. Filmada con una calidad de alta resolución, se aleja desde ese punto de vista de lo que debió ser una verdadera historia de piratas, pero es, quizás, el único punto de contacto con la pochoclera saga de Jack Sparrow. Después de eso, sus personajes son sólidos, impredecibles, traicioneros, es decir: piratas. La trama se sitúa antes de la Isla del tesoro, y tiene como protagonistas a los piratas en su esplendor. Del lado de los ¿malos? ¿buenos? está el legendario capitán Flint, Charles Vane (un pirata real que se coló entre los personajes tomados prestados a Stevenson), Billy Boones, y el mismísimo Long John Silver. Es una precuela sí, para saber cómo el tesoro llegó a la isla y cómo se crearon sus personajes, pero también es mucho más. Es una serie de piratas, de esclavos, de comercio (Inglaterra crea y destruye a los piratas y en esa lucha estamos parados) de amor, de mujeres que manejan el mundo desde sus burdeles y tienen el poder real, de homosexuales (la homosexualidad es, al fin, un tema clave del que hablar cuando las series hablan de amor) y tiene todo lo que tiene que tener. Salvo, me parece, audiencia. Por eso me puse a escribir sobre la historia. Si hubiese sido filmada en baja calidad, sucia, grasienta, su realismo rondaría lo inaceptable y sería perfecta. Hay un detalle a criticar no menor: el nivel parlamentario de sus personajes. La mímesis de sus diálogos con pensamientos filosóficos por momentos es contraproducente, fascinante, sí, pero inverosímil. En un diario de hoy Guillermo Piro cuenta de los errores sobre el ajedrez en el cine que mucho molesta a los ajedecristas (cuando ven que uno de los rivales hace caer al rey sobre el tablero como símbolo de derrota, los ajedrecistas se agarran la cabeza y gritan, latinizados, "No, de nuevo no") y lo mismo puede pasar con esta serie, se puede encontrar de todo, desde errores históricos hasta personajes o diálogos inverosímiles, pero saben qué, no importa. Decididamente no importa (Cuesta aprenderlo, puedo ser víctima de mis detracciones a la serie House) pero no importa. Hay que aceptar la ficción y dejar de buscar que la imagen sea real: ya tenemos el HD, no pretendamos que también la palabra sea infalible. Si lo es, su pureza nos destruirá.

Para saciar la angustia de quedarnos sin una serie como Black Sails, se estrenó otra en la misma línea, o quizás mejor, Taboo. James Delaney (Tom Hardy) regresa a Inglaterra tras la muerte de su padre después de pasar muchos años en África y se encuentra que heredó un pedazo de tierra en la América independentista. Pero ese pedazo de tierra implica comercio, para ambos países y para la Compañía Británica de la India Oriental (las banderas de la compañía son las mismas de piratas del caribe) y James Delaney, el africano, está en medio de todos, y contra todos. Taboo terminó su primera temporada de la mejor manera y promete seguir revisitando la historia que, como en la de piratas, encuentra a un enemigo enorme: Inglaterra y su política imperial. Inglaterra, el imperio, se presenta como el verdadero enemigo del mundo, más rencoroso y duradero que cualquier otro, que quizás haya engendrado un hijo en América del norte que recibe todos sus golpes, incluso los de las series que inventa para entretenernos.




sábado, 17 de diciembre de 2016




El fin de año huele a compras, enhorabuena y postales, con votos de renovación. Hasta ahí las ganas de citar a Silvio así, con cercanía, como un amigo del secundario que perdimos, porque es así, lo perdimos, se perdió, aburrió, pero algo queda: la nostalgia.

El fin de año tienta al resumen, a las listas. El fin de año es un recuento de lo mejor: los mejores libros, los mejores discos (perdón, al menos esa lista es obsoleta, y no sé qué es ahora, ¿lo mejor de spotify?) las mejores series, películas, días, partidos, jugadas, orgasmos, abrazos, en resumen: los mejores dos puntos que inician la enumeración.

Lo malo queda afuera, pero algunos graciosos empecinados en ser diferentes reciclan ese material dando origen a las listas del morbo. Listas que también venden. El consumo sirve para darle utilidad y valor nominal a todas las cosas, aún las que detestamos.

Debo confesarlo, iba a hacer una lista y también un resumen del año, iba a lamentar la ausencia en ciertas enumeraciones y agradecer dos lecturas totales, una a cargo de Ezequiel Dellutri (Aire fresco) y otra en forma de diálogo entre Matías Bragagnolo y Pablo Méndez (Cuatro Chilanos para la eternidad), iba a hablar de la marginalidad literaria, a quejarme, a bardear a dos o tres consagrados, a enaltecer algunos amigos e idolatrar a un ilustre desconocido, pero terminé de leer dos novelas que rescaté de una librería de usados del Uruguay y preferí hablar de las lecturas al final de un año largo.

Una de las novelas es Boomerang, de Elvio Gandolfo, edición de Sudamericana del año 2003, en esa colección de tapas blancas que condensó toda una época. La otra novela (nouvelle) es El refuerzo, de Horacio Convertini, ediciones Punto cero, 2010. No voy a hacer una reseña de ambas, voy a contar lo que pensé después de leerlas. Convengamos algo, Gandolfo y Convertini son narradores con todo el oficio, tienen la capacidad intacta para sorprender, para no dejarte ver qué va a pasar, es decir, tienen un recorrido que no hace falta nombrar así que lo acepto: fui a lo seguro.

Lo que más me gustó de estas dos novelas es que los héroes no hacen nada de lo que se espera de ellos. Nada. Y los finales no tienen nada de predecible, se salen de lo establecido. En el caso de Convertini hay algo más, enfrentarse a una historia relacionada con el fútbol y encararla desde el humor es una tarea difícil por la obviedad: la sombra de Fontanarrosa todo lo cubre. Y sin embargo, Convertini encontró el lugar exacto para contar la historia y le dio un final que lo aleja de las convenciones. Gandolfo por su parte se enfrenta a un género más amplio, el policial sin policías, y camina hacia el final de la historia como quién pasea por Colonia del Sacramento, sin apuro, relajado. Y entonces, en algún momento al leer Boomerang se me cruzó en la cabeza La uruguaya, de Pedro Mairal, esa novela que estará en todas las listas del 2016, que tiene puntos brillantes y yo mismo recomendé en la radio y vi con claridad todos los puntos en común que La uruguaya tiene con la historia de Gandolfo, editada hace 13 años, y pienso, para que se entienda y no se malinterprete que hablo de plagio y otras gansadas, que es cierto lo que dicen: llevamos mucho tiempo escribiendo las mismas cosas. Escribiremos siempre lo mismo, lo esencial: los seres humanos nacen, aman, odian, desean, anestesian su moral y la de su descendencia y se mueren. No hay más y sin embargo es tanto que nos pasaremos la vida y las próximas vidas engordando el aleph ya escrito.


Pero no reneguemos, por suerte tenemos la escritura, la forma más refinada de la oralidad. Basta con imaginar qué pasaría si no tuviéramos computadoras, papeles, lápices, tintas, listas. Todos contaríamos una y otra vez la Odisea, con infinidad de variaciones, pero Odisea al fin. Como mil versiones puede tener una canción y seguir siendo la misma cosa, segundos más, segundos menos.



domingo, 4 de diciembre de 2016

1  

    Fade Out (Tatiana goransky)

Lo posible y lo imposible se llevan bien. Posible es conseguir  un café y hasta un chocolate en la máquina expendedora del hall. Imposible es que una niña recién nacida pueda emitir, desde sus oídos, un sonido espontaneo capaz de ser captado por el ser humano.

Kumiku nació con una habilidad, o un castigo: emitir música.

La búsqueda de producción de silencio es la base de este libro. Kumiku solo pudo entenderlo a partir de sus experiencias personales. Controlarlo es un arte muy codiciado. Los antiguos griegos decían que el que lograra “entender el aliento en una pausa” sería capaz de silenciar a los dioses.

Los protagonistas de la novela son varios, Kumiku, su hija Renata y su nieta Ester. También hay un narrador, contratado para ser el escritor fantasma detrás de la historia que termina siendo fantasma, sí, que todo lo mira desde sus cámaras y que es parte de la historia.

Dividida en 3 partes: La primera parte habla de madre hija, la segunda de ciudades: San Juan, Barcelona y Buenos Aires y la tercera de los meses que dan término a un año: Octubre, noviembre y diciembre.

Kumiku nació cajita de música infinita.
De noche dormía entre los dos, una estufita sonora que generaba los sonidos del mundo para cancelar el tedio exterior. Así como el color blanco posee todos los colores, el ruido blancos posee todos los sonidos.
Pronto entendió que no todas las actividades de la vida se ven potenciadas por la música. Y tuvo que pensar en producir silencio.

Renata emite tangos, Renata dice: soy más que un gran parlante malevo. Renata se enamora y su amor es equivocado, y para enmendar un error cree en el amor por sustitución: elige enamorarse de un profesor.

Hay una historia científica en el libro cuando habla de las Emisiones Otoacústicas Espontáneas, esas señales tonales de baja intensidad registradas en el conducto auditivo externo sin estímulo conocido. Y hay una pregunta: ¿y si alguien podía escucharlas? ¿Qué pasaría si emitimos sonidos involuntarios y todos pueden escucharlos?

Hay una historia de amor, de maternidad, de música y de generaciones familiares que se entrelazan, en definitiva hay una historia para leer.

domingo, 13 de noviembre de 2016



Un cuento yeta


Me invitaron a un ciclo de lecturas en Capital, a 400 km de distancia, un viernes laboral. Me sentí honrado, contento pero lógico hubiese sido decir “Muchas gracias” y no aceptar. Otra opción fue organizar para pasar un fin de semana con la familia en la Ciudad Luz. Lo ilógico fue decidir ir y venir en el día. Pero algunas historias empiezan en un punto sin sentido y las cosas se acomodan, se amoldan al cuento que debe ser contado sin que el autor ni sus protagonistas lo sepan.

Las reinas del evento del Conejo/Creepy me hicieron llegar un cuestionario y la primera pregunta fue a qué palabra le tengo miedo. Una décima de segundo, o menos, fue necesario para la respuesta: demencia. Y mientras elaboraba la idea me vino a la mente un cuento viejo, inédito, que casi nadie leyó y que mantuve oculto porque sé que es un quiebre, una patada a mi profesión. La mordida más cruel a la mano que me da de comer.

Se llama algo así como "La señora Adams" o "El doctor Coca Cola va a dar altas" y es un cuento en contra de la medicina, de los médicos, los pacientes, las empresas farmacéuticas y casi toda la humanidad. Pero, lo supe de inmediato, ese era el cuento que tenía que leer. Lo rescaté del archivo olvidado, lo leí muchas veces, ninguna en voz alta, y en cada lectura hubo correcciones y cambios. Cercenado, expandido, censurado, autenticado, la historia pasó por varias etapas, como una pared recién hecha hasta ser pintada.

Pero había algo que también sabía, muy dentro de mí, y que no quería reconocer: el cuento era un cuento yeta. De esos que dan miedo por el solo hecho de los eventos que desencadenan. 

Sí, los ateos no dogmáticos también se contradicen y a veces temen a fuerzas superiores, cósmicas, a eventos desencadenados por las alas de una mariposa del otro lado del mundo. Ese es el porqué, verdadero, de haber ocultado tanto tiempo ese cuento como un tesoro. Mi tesoro. Mi maldición que podría dominar mientras no fuera pública.

El castigo por leerlo no tardó en manifestarse: un amigo mío, un neurólogo, uno de los tres mosqueteros que renunciamos casi al mismo tiempo al Casino por no bancarnos a un Jefe médico perverso y mitómano, un socio en emprendimientos parecidos a construir la escalera al cielo de los Simpsons, ese amigo mío se pegó un palo en moto y quedó (por ahora) con un deterioro de la conciencia, una burla que espero el destino corrija. En los siguientes tres días acumulé más problemas laborales que en todo el año, problemas de toda índole, de esos que desvelan, que a mitad de la noche te despiertan con la amarga sensación "debería haber hecho esto" y que no hay forma de remediar.

Y en algún momento del desvelo entendí que todo era culpa del cuento. El cuento maldito. Y también entendí porqué había aceptado leer en el ciclo de lecturas: tenía que exorcizarlo. Aún antes de saber qué cuento elegiría ya estaba marcado, ese era el cuento, ese su destino.

El día de la lectura salí temprano en el auto, antes iba a una reunión laboral para dar las pinceladas finales a una linda novela a cuatro manos. Quería disfrutar el viaje, no tener ninguna multa y vencer la maldición, pero, en medio de la autovía 2, cerca de Castelli, el auto falló, se rompió la caja de cambios y terminé a un costado de la ruta, esperando la grúa, derrotado, con la convicción de volver a casa.

La grúa demoró dos horas en llegar y en algún momento de esa espera, al rayo del sol del mediodía, entendí que no podía volver, tenía que llegar a Capital y leer el cuento. Era la única manera de terminar la maldición, que mi amigo se cure, que los pacientes se salven, que la novela a cuatro manos termine en paz, que el cuento rompa su maleficio.

Desde el lugar donde esperé la grúa vi la estación de colectivos de Castelli. Y todo se resolvió. La grúa llegó a tiempo, el auto viajó a Mar del Plata y yo pude tomar el colectivo y llegué a Capital a tiempo. El resto es un complemento para una historia que ya terminó: al final de la noche leí un cuento sencillo, al que durante años le tuve un miedo irracional pero que, como todas las historias, terminó siendo unas cuantas palabras ordenadas por una lógica que no escapan al pensamiento elemental de su hacedor.



lunes, 10 de octubre de 2016



Hannah Arendt

Y un día a vos que das un taller literario, que te leen tus amigos y te recomiendan conocidos y oportunistas, a vos que pasas horas encorvada sobre la computadora y días resistiendo a la tentación de perder el tiempo navegando en internet para corregir un párrafo que no tiene solución, a nosotros los Iluminados de la Contemporaneidad Impronunciable que buscamos un lugar en el mundo y promocionamos libros imprescindibles todas las semanas, un día suena el teléfono y nuestra pareja nos dice que es un llamado desde Milán y agarramos el tubo del fijo para escuchar, del otro lado, una voz desconocida, chapucera, en un castellano apenas pronunciable, que nos dice que es Milan Kundera y que estemos atentos porque nos pusieron en la lista del Nobel. ¿Qué harías? ¿Creer o no creer? De eso trata “Un nobel de provincias” anteúltimo cuento de Negar todo, el libro póstumo de Fontanarrosa. Y algo similar sucede por estos días con el escritor argentino César Aira. Ya el año pasado se lo mencionó en la lista. Lo mismo este año. Y lo que menos importa es saber si es cierto o una mentira hermosa. Optemos, por una vez, en creer. Abandonemos desconfianzas y suspicacias. Un argentino es candidato al premio Nobel. Podríamos poner “Parece ser que un argentino probablemente estaría entre los potenciales candidatos a un premio que podría corresponderse con el Nobel” pero eso lo dejamos para los zócalos de la televisión y los diarios. Podríamos discutir la legitimidad de un premio que le otorgó el liderazgo de La Paz a un presidente yanqui. Podríamos debatir la calidad de Aira, con opiniones válidas a  favor y en contra, con chicanas y elogios desmedidos; con lo que quieras. Pero lo que llama la atención es tu respuesta ante el hecho, Pebete, Mujer Argentina, y la respuesta que dimos los Iluminados. Hay muchas encuestas caseras en las distintas redes sociales argentinas y las que apuntan a preguntar a quién habría que darle el Nobel, no dejan de ser sorpresivas. Mencionamos europeos de nombres impronunciables que parecen copiados de listas de Pripyat, o un Murakami edulcorado en traducción de traducciones como grafitis que recuerden a Fukushima, o yanquis jubilados (sí, hasta los escritores se jubilan), o sudafricanos comprometidos con causa sociales, etcétera, etcétera. No está mal, nada nunca lo está, pero es llamativo en un país que hace del patriotismo su bandera, que se emociona porque jugadores de rugby lloran mientras suena el himno, que se conmueve con la torre de Tandil y su lucha contra las lesiones, que discute horas y horas en la improductividad defendiendo a una selección de fútbol cuyos abanderados fueron condenados por evasión fiscal y a nadie parece importarle, ese país, que privilegió lo nacional sobre el colonialismo, que se emocionó cuando nombraron presidente de la corporación más vieja del mundo (con todo lo que eso significa) como uno de los suyos y le cambiaron el nombre por Francisco, ese mismo conjunto de ciudadanos, en materia de literatura hace agua, se hunde, se globaliza: una parte de la cultura lejos de apretar filas detrás de uno de los nuestros se ramifica y defiende su postura en pos de la universalidad de las letras. Como si el deporte no fuera universal. Así, la sociedad se divide en dos: para un lado la masa que se unifica en los mundiales y la otra, pequeña como pseudópodos que divide y aplaudirá con entusiasmo al foráneo que gane el reconocimiento de la academia sueca, sea quien fuere y sin el menor deseo de leerlo nunca jamás. Esto no quiere decir que todos deberíamos gritar la obtención del Nobel como un gol, ir a esperarlo a Ezeiza o cumplir promesas de peregrinación a Luján si gana. Quizás, tal vez, lo que haya que replantearse no sea eso. 

domingo, 14 de agosto de 2016


Corredores en la costa


Michael Stipe canta y traduzco lo que quiero. Dice que está cerca de cumplir los cuarenta, y que la época del año es casi Halloween. Él no lo sabe, pero antes esa festividad no se festejaba en esta tierra, pero ahora parece que sí, que en ciertos lugares de la ciudad se asumió el rol consumista como una herencia perfectible, es racional: la impuesta navidad comparte el mismo precepto y nadie se queja. Nadie se queja de las cosas socialmente aceptadas. Por ejemplo: todas esas personas que corren en la costa. Hay plazas, parques como Camet, el parque de deportes, hay pistas de atletismo, hay… (no incluyo los gimnasios porque un amigo que corre dice que se siente como un hámster en una cinta)… alternativas y variantes, pero no. Los corredores se empeñan en ocupar la costanera marplatense. Y eso pone nervioso a cualquiera. Caminar deja de ser algo relajante. Tomar mate también. Todo el tiempo pasa gente agotada, respirando por la boca, empapada en sus secreciones corporales o respirando entre jadeos horrorosos y estertores sin compás. Todo el tiempo alguien enrostra la culpabilidad de comer una factura o poner azúcar al mate: vos, adoratriz o precursor del sedentarismo, parecen decir, vos podés dejar eso y venir a correr con nosotros. Somos más. Seremos lindos, flacos, perfectos. Pero, ¿a dónde van? Como en la canción de Silvio Rodríguez, ¿a dónde va toda esa gente apurada que corre por la costa? ¿Qué sentido tiene? Que lo diga Murakami no quiere decir que sea cierto. Ni siquiera real y sí probablemente comercial. Ni siquiera hace bien al cuerpo, el rebote sobre el cemento destruye rodillas. Corran sobre pasto, por favor. Y la cosa se pone peor cuando se trata de un grupo de corredores. Si alguien se abstrae del mundo tal y cómo lo conoce y ve unas veinte o treinta personas aparecer de la nada, apurados, huyendo hacía un mismo lugar no queda otra que pensar que algo malo sucede de ese otro lugar de donde vienen. El fin del mundo empezará ignorando a los que corren en la costa. Ignorarlos es malo, no sólo por la falacia del fin del mundo sino también porque predispone a que golpeen o miren mal al que se interponga en su camino. Hay que hacerse a un lado: ellos están haciendo algo productivo (correr) y vos no (pasear es perder el tiempo, relajarse en una caminata es una oda al colesterol) Y es peor aún si alguien quiere simplemente caminar con sus hijos por la costa. La imprevisibilidad de los menores expone todo el tiempo la tenebrosa posibilidad del golpe, la caída o la catástrofe. Claro, dirán los corredores costeros, por qué no prohibir que los chicos caminen por la costanera. Como sea, que vayan a formar sus cuerpos a otra parte, donde la exhibición no le dé un exótico placer al sufrimiento. Porque correr sin sentido no tiene relación con el hombre. Si al menos corrieran por comida o para resguardarse de un peligro real. Pero no, la meta es otra. La meta es la nada. Y los espectadores del espacio costero tenemos que enterarnos de esas personas que constantemente persiguen la nada: mejorar una distancia, un tiempo. Como si el tiempo fuera tangible. Claro, seguramente los corredores costeros dirán que mucho peor son los rollers, o los ciclistas, pero, si así lo hacen, aceptan y coinciden con estas palabras sedentarias. Como dijo Michael Stipe, estoy por cumplir cuarenta y tengo en mi casa el suficiente alcohol para iniciar mi propia fiesta sin tener que correr a ninguna parte.